domingo, 23 de diciembre de 2012

El hallazgo del durmiente del Ferrocarril de las Basuras, reaviva un cuento que escribimos hace tiempo: ANGEL; EL DE BARRACAS

Angel, el de Barracas.

 

El tranway de caballos, avanzaba rechinando por Caseros hacia el oeste, cuando antes de llegar a Rioja, tuvo que frenar para que pasara el Tren de las Basuras.
La parada era una cuadra más allá, en la esquina del Matadero de los Corrales, pero aprovechando que había frenado, tanto Angel como otros pasajeros, optaron por bajarse en esa esquina.
Miró alejarse el tren hacia el sur, por el terraplén que lo elevaba sobre los pantanos cercanos a "la Quema", y se imaginó esa última estación, entre fuegos y barros, entre miserias y lamentos, entre tristeza e impotencia; y giró la cabeza de un golpe, como queriendo olvidar ese paisaje que quizás le traía recuerdos lacerantes.

Caseros bullía de personajes, de los más variados perfiles; desde el típico trabajador del matadero; de alpargatas, cuchillo en la faja y sombrero de ala ancha, hasta el hacendado que montado en un hermoso caballo, venía de hacer su negocio en el remate de hacienda.

Las "casitas" llenaban la zona, tanto por Patagones como por la misma avenida, y la superpoblación masculina aseguraba clientes, a la ya rentable profesión prostibularia.
A pesar de su edad, Angel ya conocía casi todos los tugurios de los Corrales, y esas caras falsamente sonrientes, asomadas a las puertas, también parecían reconocerlo, a pesar de la profusa clientela.

Lo volvió a frenar la mirada de "Estercita", esa piba de no más de quince años, que al desamparo de sus padres había sumado la. ignominia de sus "tutores" que la explotaban desde tiempo atrás.
Pero, ¿qué podría hacer él, un mísero tipógrafo de Barracas para sacarla de esa vida?
Y, ¿qué seguridad tenía de que ella no prefiriiera esa vida, a la que él le podía ofrecer?

Allá en Barracas, algunos alentaban su afición a la guitarra y sus letrillas de tono festivo, pero ese entretenimiento, era solo eso; por ahora.
Aceptando que nada alentaba esperanza alguna, de cambiar ni su vida ni la de ella, siguió la marcha.
Ya empezaba a oscurecer, y era curioso ver el sol ponerse al fondo de Caseros, encandilando a carreros y transeúntes, mientras los mayorales y los que terminaban su turno en el matadero, se mojaban en el surtidor de la plazuela de los Corrales.

Era, en esos tiempos la única fuente de agua potable de la zona, fuera de los propios corrales, y hasta ella se cruzaban los propios vigilantes de la comisaría de enfrente, para refrescarse, cuando el calor lo aconsejaba.
Angel tenía tiempo de sobra, para entrar al baile de "Doña Pilar", en la vereda norte de Caseros, y se cruzó para mojar su cabeza, acomodando su melena descuidada, para volver luego a colocarse el chambergo.
En esa Buenos Aires de 1880, Los Corrales era un "pueblo" distinto a todo, más campo que ciudad, pintoresco en grado sumo, pero también tenebroso, cuando caía la noche.
Y la noche empezaba a caer.
 
Esquivando algunos carros detenidos en espera, se sentó en uno de los bancos de la plazoleta, casi en el borde para no incomodar a dos carreros compadres, que esperaban su turno, para entrar a cargar al matadero; pero igual lo miraron de soslayo y con cara de pocos amigos.
Es que en esa zona muchos de los diálogos, rozaban lo prohibido, y la cercanía de un extraño, creaba rápidamente el fantasma del soplón.


Angel, que ya había notado el brillo de ambos facones, optó por tocarse con respeto su sombrero y diciendo por lo bajo: "-disculpen", se corrió a un banco vecino.
Sin embargo presintió que el problema no había sido él, sino el clima previo, que ya reinaba entre ambos personajes, y en pocos momentos iba a comprobar su acierto.
Cuando intentaba ocupar un nuevo lugar en otro banco, observó que los compadres se paraban sin mucha alaraca y caminaban unos pasos hasta un lugar donde los carros estacionados, los ocultaban de la vista de la Comisaría de los Corrales.
Allí se quitaron los sacos, con los que envolvieron sus brazos, y sacaron a relucir los facones, que un segundo después se cruzaban en el aire anunciando el duelo.
Contra lo esperado, ni una palabra de ofensa, ni un grito de autoaliento ni de amenaza al rival, solo saltos felinos y tiradas a fondo del cuchillo que las "cuerpeadas" milimétricas esquivaban.

Los que increíblemente gritaban en ese Coliseo recreado por el subdesarrollo, eran los otros circunstanciales habitantes de la plaza, todos duchos en el uso del cuchillo, ya subidos a los carros, ya siguiendo muy de cerca las alternativas, a riesgo de ligar un tajo fuera de contexto.
Nadie sabía si el duelo era a "primera sangre", pero todos intuían que iba a ser a muerte, por la ferocidad de las embestidas, y el odio de las miradas.
Y de pronto los movimientos se detuvieron en una imagen grotesca pero real. El cuchillo había hecho su faena, entrando a fondo en los intestinos de uno de los contendientes, y el otro como electrizado, solo sostenía el puñal con su brazo.
Al retirarlo, el herido retrocedió unos pasos, para caer a los piés de Angel, manchando sus bombachas con algo de sangre, mientras el otro, al que llamaban "El pibe Ernesto" limpiaba su cuchillo, y escapaba por detrás de los carros.

Los vigilantes, como siempre tarde, ya llegaban al sitio, para interrogar a los presentes y auxiliar al herido, que ya no articulaba palabra.
De nada sirvió llevarlo en andas a la Farmacia de Maceyra, a unos metros, porque el inmenso tajo producido, había liberado las vísceras al punto de dejarlas al descubierto.
Un poco por lo visto y otro poco por la sangre que corría, Angel fue el único atendido realmente, por el solícito farmacéutico, cuando sus ojos se pusieron vidriosos, y sus piernas se aflojaron.
Aquello había sido demasiado para sus diecinueve años, y el cabo de policía que estaba junto a él, le recomendó irse para su casa, porque esa zona no era conveniente para un "mocoso" como él.
Pero Angel había venido a degustar ese ambiente turbio que ya conocía, a pesar de ser menor para esos años, y nada lo iba a hacer cambiar de parecer.
En cuanto se fueron los vigilantes, le dejó el muerto a Don Antonio Maceyra y se cruzó al baile de enfrente.
 
Lo común de los boliches de los Corrales, era tener una fonda adelante, que al mediodía daba de comer a los corraleros, y a la noche servía de lugar de reunión, juegos y copas, para luego abrir la trastienda a las expansiones sexuales de aquellos hombres.
Muchas veces se asomaban arrieros, que traían con ellos su guitarra y entonaban tristes milongas camperas para recordar sus lejanos hogares, pero con la irrupción de las chinas, los parroquianos usaban esa música para generar posiciones varias de acercamiento a su verdadera intención de cópula.

Y la milonga campera se iba transformando en milonga ciudadana, rítmica e impura como su ambiente; y el baile, por aquello llamado con corte, diferenciaba al sur del norte, como diría Angel después.
Pero el baile de Doña Pilar, no era así; había nacido distinto, y seguía siéndolo.
De una antigua cancha de bochas cubierta (por eso le decían tapada), perteneciente a un tal Alejandro Rubia, que había entrado en desuso, a alguien se le había ocurrido organizar algunos bailes, donde prevalecían las polcas y mazurcas, pero ninguno de sus organizadores había tenido tanto éxito como cuando la Doña se hizo cargo.

A tal punto llegaba la cosa, que hasta los propios vigilantes, se cruzaban con ropas de civil, cuando terminaba su turno, y hasta alguno había bailado con uniforme y todo.
El ambiente era divertido, pero no escapaba a la turbiedad de todo el entorno.
Cuando Angel entró con aspecto serio para disimular su edad, la música y el baile estaban a todo vapor, y nadie se había enterado (o si se habían enterado no les interesaba) del duelo y su trágica definición.

Ese lugar, al que había ido varias veces acompañado, para poder entrar, hoy en su debut solitario, se ofrecía gustoso a sus requerimientos.
Su bigote retusado al uso de la época le daba un aspecto señorial a su cara, a pesar de ser lampiño en el resto.
Su sombrero al estilo Garibaldi, disfrazaba aún más su presencia juvenil, pero al entrar, debía sacárselo mostrando su rostro.
Las chinas al verlo tan joven, se insinuaban con descaro, pero Angel tenía decidido su propio recorrido, que arrancaba por la cocina.
Ya en otras jornadas, ante algún revuelo, y la posterior llegada policial, se había refugiado en la cocina del fondo y observado allí a una moza de ojos profundos y

cuerpo gentil, que compadeciéndose de su situación, lo había ocultado de la mirada de la ley.
Y Angel buscaba un nuevo acontecimiento que pusiera luz en su vida, y lo acercara a la cocinera.
Y las circunstancias se dieron para que así ocurriera.
 
Celoso por las miradas que las chinas le habían echado al mozalbete, un borrachín de los que nunca faltan, además alcahuete; se cruzó a la Comisaría de los Corrales, para avisarle a los vigilantes de la irrupción del menor, y como no le prestaran mucha atención, inventó que le había faltado el respeto a más de una, manoseándolas delante de todos.
Ante tal atropello a la moral, los hombres de casco, entraron al baile con caballo y todo buscando al depravado, armándose el consiguiente revuelo.
Las chinas mostraban su libreta sin que nadie se las pidiera, y los hombres (todos de avería) se escabullían por tener antecedentes. Angel como era de esperarse, disparó para la cocina.
Allí fue cálidamente recibido por la consabida, que luego del abrazo y el beso furtivo, lo escondió en el mueble donde se guardaba la harina.
Los ojos del joven observaban con pavor a través de una mirilla, al cabo que le había recomendado marcharse, mientras pensaba como iba a salir de ese encierro.


La joven con ganas de retenerlo ahí, pero con miedo a que lo detuvieran, le puso un gorro y un delantal de cocina y depositó un lechón en sus manos, y así, fingiéndose ayudante de cocina, en medio del tumulto, Angel salió a la calle.
Con la intención de alejarse del lugar, caminó en reversa por Caseros, cruzando otra vez, la vía de ese tren de la infamia, que poco tiempo antes había sido guiado por la mismísima "Porteña"; se tropezó con un grupo de chicos que estaba por entrar a la Quinta de "Pancho Moreno"; pasó sin voltear frente a la casa que había sido de los Escalada, y solo se animó a tomar otra vez el tranvía de caballos frente al parque Rivadavia, ese que antes había sido el cementerio donde enterraran a las víctimas de la fiebre amarilla.

Pocos creerían luego, que aquel joven que volvía en el tranvía de caballos, por la mañana a su casa en Barracas, llevando un lechón envuelto en un delantal, iba a ponerle un sello de identificación a la ciudad.
El volvería reiteradamente a los Corrales a seguir buscando letras para su vida, y música para su guitarra.
Allí quedaba Estercita, la adolescente; quizás la misma que luego algunos llamarían Milonguita, cuando la vida del prostíbulo y el cabaret apagaran su luz; la cocinera que seguramente buscaría un amor más determinado, que ese esquivo linotipista de Barracas; y el cuerpo exánime de ese guapo que como tantos otros, se fueron sin emitir una queja.
"El Pibe Ernesto", vagaría por otros lares, alternando la libertad con "la gayola" mientras generaba una aureola de temerosa admiración, y Angel Villoldo, ya tendría
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nuevas anécdotas para contar, y nuevos personajes para incorporar a sus tangos, o para cedérselos a otros que vendrían detrás de él, en ese mundo de ficción y realidad, que había abierto con tan solo, un viaje en tranvía a los Corrales.
 
Autor:"Chingolo"
 
 
 
Nota
: Todos los ambientes son reales, en ese lugar y en ese tiempo, así como los nombres de sus dueños y/o habitantes, salvo "Estercita"(Milonguita) y "El Pibe Ernesto"(Ernesto Ponzio) que están transportados a esos sitios (muy cercanos a los que crearon su fama) como parte de la ficción.
El Matadero de los Corrales es hoy el Parque de los Patricios.
La Plazoleta de los Corrales hoy es la Plazoleta Cnel. Pringles.
El Parque Rivadavia es hoy el Parque Ameghino.
El eje del cuento es un poema de Angel Villoldo titulado "Un paseo a los Corrales", del cual sí hemos hecho una versión más que libre.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Hallazgo arqueológico en Parque de los Patricios




Un durmiente del Ferrocarril de las Basuras
Importante hallazgo arqueológico en Parque de los Patricios
 
En 1873 se conjugaron las ideas de unir el ferrocarril del Oeste y el de Barracas, a través de una línea entre ambos, y la necesidad de la ciudad de buscar un destino común a los residuos domiciliarios, y así nace el llamado Ferrocarril de las Basuras.
Reunidas todas las basuras de la ciudad, por detrás del Mercado del Oeste (Plaza Once) a través de siete viajes diarios, que llevaban esa carga por Esparza, Loria, Oruro, Deán Funes, Zabaleta, se descargaban por detrás del camino al Puente Alsina (hoy Amancio Alcorta) para su quema posterior a cielo abierto.
El hollín característico de la zona, no cambió con la introducción de mejoras posteriores en los hornos, y ese ferrocarril que recorría con puentes o en terraplén varios de sus tramos por ser inundables, hacía pié en el cruce de las actuales avenidas Brasil y Caseros, para luego seguir en terraplén hasta "La Quema".
De aquella última estación, hoy solo queda la casilla, transformada en Biblioteca del Ceamse, pero nada se mantiene en su recorrido, aparte del trazado serpenteante que diera origen a la calle Oruro.
Pero como si aquel pionero ferrocarril que "moría en La Quema" se negara a aceptar su defunción decretada en 1895, por el crecimiento urbano, al efectuar las excavaciones para las bases del Metrobús, en la intersección de las calles Brasil y Dean Funes, reaparecieron dos durmientes de aquel tendido, por el que la propia Porteña, desarrollara sus últimos recorridos.
En desconocimiento de su valor, uno fue usado como encofrado del nuevo tendido urbano, y el otro (descartado por su curvatura) quedó a un costado para su posterior retiro.
Quiso el destino que un vecino, conocedor de la existencia ferroviaria, comunicara al Foro de la Memoria de Parque de los Patricios, la presencia del mismo, para que en un rápido "rescate" el mismo fuera trasladado a su sede, y dispuestos los informes de data, y valor histórico correspondientes.
La entidad, que ya en otras excavaciones rescató material usado en el viejo Matadero de los Corrales (1872-1901) y del extinguido Zoo del Sur (1914-1930), ya ha decidido solicitar un espacio en la restaurada Ex Confitería del Zoo del Sur, para que se luzca el durmiente, con toda la información aleatoria.
Su estado es casi perfecto ya que por ser de quebracho, con alto contenido de tanino, su conservación puede darse tanto a la intemperie como enterrado, y muestra los restos de los elementos de fijación de los perfiles usados como vías, y el contacto con el martillo neumático, que, impertinente, lo despertó de su letargo de 140 años.

Ing. Manuel Vila
Presidente del Foro de la Memoria de Parque de los Patricios
       "       de la Junta de Estudios Históricos de Parque de los Patricios

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Historia de la Ex Confitería del Zoo del Sur

Formó parte como Templo de la Fortuna Viril, del Zoo del Sur, que a instancias de Clemente Onelli se instaló en terrenos del viejo Matadeo de los Corrales. Allí funcionó como confitería hasta que el propio Onelli, trajo aborígenes del Noroeste con sus telares y organizó su Escuela de Telares. Luego funcionaría en ese lugar el Teatro Infantil Municipal "Manuel de Lavardén", y muerto Onelli, se instaló el Registro Civil.
Luego tuvo otros usos hasta su rescate y restauración actual


domingo, 23 de septiembre de 2012

Este sábado 29 desde las 14.30 hs. en la Ex Confitería del Zoo del Sur

Se inaugura amigos, y vamos con todo (no por todo como algunos) nuestro caudal cultural barrial a iniciar las actividades del Centro Cultural Clemente Onelli.
No falten es en Caseros 3250, detrás de la calesita, y no importa que haya una "toldería" adelante, ya nos haremos oír.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Proyecto Cultural Clemente Onelli en la "Ex Confitería del Zoo del Sur"




Cada vez está más cerca de inaugurarse la "Ex Confitería del Zoo del Sur" en avenida Caseros 3250, por detrás de la calesita de Parque de los Patricios, y al mismo tiempo de poner en funciones el Proyecto Cultural Clemente Onelli, constituido por 62 conglomerados culturales del barrio, (incluye conjuntos musicales y de baile, artistas plásticos y teatrales, museos, centros culturales y escuelas) agrupados en el proyecto.

El inmueble de elevado valor patrimonial, fue parte de las réplicas de los 6 templos romanos que Clemente Onelli hizo incluir en el Zoológico.

Era una transformación del Templo de la Fortuna Viril, de planta rectangular a cruz latina, y poseía cuatro esculturas y todo el friso pintado con la historia de Roma.

Luego fue Escuela de Telares, Teatro Infantil Municipal, Registro Civil, entre otros usos.

Se presume su inauguración para el sábado 15 (o 22) de septiembre de 2012.

lunes, 23 de julio de 2012

Homenaje a Tomás Espora (1800-1835)

El viernes 27 de Julio a partir de las 19 horas, se efectuará un homenaje a Tomás Espora en la casa donde pasara sus últimos años, donde fuera visitado por el Almirante Brown y Juan Manuel de Rosas, y donde fuera velado en 1835.
Primer oficial argentino en hacer un viaje de circunvalación terrestre, responsable del comando que levantó la bandera argentina en Monterrey, segundo de a bordo en una de las naves que trasladó las tropas del General San Martín desde Chile hasta El Callao, y luego el más valiente capitán en los combates del Río de la Plata, al decir del propio Brown.
Su carrera naval pareció culminar con su nombramiento como Capitán General del Puerto de Buenos Aires, pero el difícil momento político en que es nombrado, y su negativa a retener a los unitarios que escapaban a Montevideo, lo alejaron de ese cargo, y lo sumieron en una profunda depresión, con la que llegó a su lamentado fallecimiento en 1835, en circunstancias aun no aclaradas totalmente.
Fue al decir de Brown que "conoció su valor en combat, una de las espadas más importantes de América, pero pertenece a un país que no sabe reconocer a sus héroes".

jueves, 5 de julio de 2012

Guillermo Desiderio Barbieri





















Guillermo Desiderio Barbieri se transforma de cantor a guitarrista de Carlos Gardel, por influencia de José Razzano (con quien formaba duo el "Morocho del Abasto") entre 1919 y 1921, y luego los uniría una gran amistad.
Hincha de Huracán llevó a Gardel (que le cantó 36 creaciones suyas) a cantar en el vestuario de su club favorito el 6 de Junio de 1925, en oportunidad de un partido con Boca Juniors.
Allá Gardel cantó el vals "Rosas de Otoño", cuya letra es obra de otro vecino de Parque de los Patricios, José Rial, y huracán ganó 1 a 0 con gol de Stábile, en un accidentado partido donde al caerse una tribuna hubo 100 heridos.
Barbieri , padre de Alfredo y abuelo de Carmen, iba a morir junto a Gardel el 24 de Junio de 1935 en el accidente de aviación de Medellín, Colombia.
Durante 6 años, Barbieri vivió con su familia en La Rioja esquina Cátulo Castillo (antes Pedro Echague) y en ese lugar recibía a Gardel para ensayar, llevándolo luego a otros lugares del barrio, como el "Café Benigno" y "La Glorieta del Rivas" junto al cine homónimo.
En ese lugar el sábado 30 de Junio de 2012, el Foro de la Memoria de Parque de los Patricios, colocó una chapa fileteada por Luis Zorz, mientras bailaban Amilcar y Claudia y se oía la voz de Beatriz Lavalle.